La Ciudad de los Cubos de Hierro (segunda parte)

En el capitulo anterior, el ingeniero y militar, Dana Harrod respondió al desesperado llamado de su íntimo amigo el Doctor Frelinghusen. Se reunió con él en una extraña meseta en la cima de Los Andes peruanos donde ademas de su antiguo amigo encontró siete extraños y gigantescos obeliscos.

¿Qué esconden los Cubos de Hierro? 
La historia continua ahora...


Entonces se me ocurrió¿Doctor, le preguntéestá armado?

-No, Dana-respondió-, nunca llevo armas. ¿Crees que deberíamos tener una?

-Estoy seguro que sí-, respondí-. Espere aquí mientras voy a la cabaña a buscar nuestros rifles.

Espere un segundo a que asintiera y salí rápidamente por el sendero hasta la pequeña choza donde el doctor había estado viviendo los últimos tres años. Tomé los dos rifles de repetición 30-30 y volví sobre mis pasos. Era un día calmo y despejado, ideal para actividades al aire libre, pero la noche estaba próxima. La noche en que... levanté la cabeza y observé esa extensa expansión azul celestial sobre mí.

¿Será posible que en algún lugar, a miles de kilómetros de distancia, un punto oscuro aceleraba casi a la velocidad de la luz hacia el punto de encuentro que era nuestro planeta? La idea era ridícula, pero también lo eran los cubos, y el doctor y los eventos que habíamos presenciado. Mi afiebrada imaginación creyó que podía distinguir un ligero punto en ese cielo despejado. ¡Patrañas! Eran solo las ondas de calor que se elevaban desde el suelo.

Me apresuré entonces por el sendero cuesta abajo hacia la sombra del sexto cubo donde había dejado al doctor.

Cuando llegué al punto donde estaba sentado, él había desaparecido.

Creyendo que quizás me había equivocado de locación, miré en todas direcciones e incluso caminé alrededor del cubo. No había error. Aunque me ausente por apenas diez minutos, el doctor había desaparecido por completo, como si el cielo se hubiera abierto y... miré entonces a través del valle en dirección a la amplia abertura un poco preocupado. ¿Habrá entrado sin esperarme? ¿O quizás algo, alguna criatura mas allá de mi imaginación, había salido del oscuro agujero y lo había abducido en plena luz del día?

Parecía imposible que hubiera entrado voluntariamente sin esperarme. Encone mis manos para darle potencia a mi grito y deje que los ecos preguntaran y respondieran a mi llamado.

-¡Doctor!¡Doctor Frelinghusen!

No hubo respuestas, solo ecos. Las ondas de calor dibujaban sonrisas burlonas en los gigantes de hierro oxidado, como si se burlaran de mí. La meseta había quedado completamente en silencio.Me tomé un segundo para tomar coraje, solté uno de los rifles, me aseguré de que el que llevaba estuviera cargado y listo, y me aventura por la extensa explanada frente a mí. Algún sexto sentido que no sabía que tenía me decía que por propia voluntad o a la fuerza, el doctor había desaparecido en el interior del séptimo cubo.

Cualquiera fuera el caso, es el primer lugar donde debía buscar.

Me detuve momentariamente en la entrada. El interior era negro, no negro como el color es negro, ero negro como la ausencia de luz absoluta. Era como si, a unos metros de la superficie una especie de cortina invisible extendida entre el interior y el exterior detenía cualquier intento de entrar de una partícula o incluso un haz de luz. Encendí una linterna eléctrica que lleve conmigo y me aventuré hacia el interior.

Una vez ahí, sentí un fuerte hedor a hierro fundido y pude sentir el calor que penetraba incluso las suelas de mis zapatos.

Avance apenas tres metros y la linterna se apagó repentinamente. Me detuve, sin certeza sobre qué hacer. Me percate entonces de un suave hormigueo, era una especie de corriente eléctrica que recorría mi brazo extendido hacia adelante.

No tenía sentido detenerme ahora. Solté mi inútil linterna y me adentré en la oscuridad.A unos metros, la corriente me había cubierto por completo. Fue entonces que una segunda sorpresa apareció ante mí.

Volví la cabeza orientarme con el reflejo de la luz de la entrada. Pero no había luz. La puerta, aunque no había avanzado aun mas de unos pocos metros, era invisible. Era desconcertante. Me sentí atrapado, confinado, como alguien perdido en la niebla.

Me volví hacia el exterior y avancé unos metros cuando de igual manera, súbitamente, me encontré en la boca de un túnel con luz del día brillando a la distancia. En ese momento, el hormigueo cesó.

El cambio me desconcertó, y entendí que la corriente, la fuerza, o lo que fuera, sin duda alguna actuaba como un no conductor de rayos de luz. El interior del cubo era de hecho un mundo confinado.

Ajuste el seguro de mi rifle, y nuevamente entré al túnel y atravesé a salvo la cortina de oscuridad. Encontré entonces un conducto ascendente y estrecho, un pasadizo de hierro con escaleras de caracol que lo rodeaban y ascendían. Entendí entonces que estaba subiendo lentamente hacia la cima del cubo.

Era casi como si luchara contra la corriente de un flujo de agua invisible, agua que parecía brotar, hervir y burbujear alrededor de mis rodillas, activadas por alguna misteriosa fuerza. La fuerza de la corriente aumentaba a medida que yo ascendía, lo sentía en mis piernas, en las caderas y en el pecho. La situación era indescriptiblemente terrible. Solo, en esa eterna noche vacía, luché contra esa cosa despreciable e invisible que intentaba obligarme a volver sobre mis pasos.

Entonces, cuando hube avanzado un poco mas, escuché un leve llamado, un grito que reverberaba sobre las paredes metálica, un grito que mutaba y sonaba como el lamento de un alma perdida siendo arrastrada al infierno. Recorrió corredores oscuros buscando una salida sin éxito, el sonido rebotó y regresó a mi triplicado. Ahí se bifurcó, se distorsionó y cambió rápidamente para convertirse en una risa espantosa.

-¡Dana!¡Dana!-decía la voz nuevamente, llamándome por mi nombre. Reconozco el atemorizado tono de voz del Dr. Frelinghusen. Tenía razón al creer que su fervor científico le había hecho meterse al túnel por su cuenta.

Luchando ferozmente contra las irreales ataduras que restringían mi camino, aceleré el paso, curva tras curva, arañando y desgarrando mi cuerpo contra los rústicos muros de hierro. Las fuerzas a mi alrededor me soltaron súbitamente y caí de bruces hacia adelante.

Había pasado la zona de corriente. Me incorporé, y descubrí, por el sentido del tacto que los muros y el suelo ya no eran de metal sino que eran de una especie de substancia dura y lisa, obviamente un material no conductor. Delante de mí escuché nuevamente una voz que me llamaba:

-¡Dana!¡Dana!

Su tono de voz era una mezcla de miedo con una pizca de impaciencia y asombro.Aceleré el paso y me estrellé súbitamente contra un muro, me tomé unos momentos para recuperarme y entendí entonces que el corredor había doblado a la derecha por primera vez desde que había entrado en él. Entonces, una vista de lo mas reconfortante, vi un haz de luz que delineaba la figura del doctor que presionaba su rostro contra un obstáculo invisible en dirección a una fuente luminosa. Parecía no haber sufrido daño alguno.

Al escuchar mis pasos, se volvió hacia mí.Deje de lado el alivio que sentí al verlo sano y salvo y me aventuré rápidamente a su lado. Estaba contemplando el mas increíble espectáculo. La luz venia de una cámara inmensa del otro lado del cristal. Era un compartimiento de unos treinta metros cuadrados y ocupaba el corazón del cubo. El cuarto era tan alto que el techo estaba oculto en las sombras y las lamparas que iluminaban el suelo pendían muy alto sobre él.

Sin salir de su asombro por lo que había allí dentro, el doctor estiró su mano hacia atrás y me arrastró para que viera.

-¿Puedes verla?-demandó.

-¿A quién?- pregunté, mientras mis ojos se acostumbraban lentamente a la luz y me quede mirando en silencio y sin aliento.

Boca abajo sobre el suelo de mármol, a unos tres metros del cristal sobre el cual nos recostamos, estaba el cuerpo de una mujer.

Aunque la observe durante un eterno minuto no pude ver señales de que se moviera.

-¿Está muerta?

El doctor negó con la cabeza.

-Solo está desmayada, eso creo. Se desmayó de felicidad y sorpresa cuando me vio. No pude esperarte, había algo que silenciosamente me llamaba desde el interior.

Pude sentir como me atraía, me jalaba en contra de mi deseo de mantener mi promesa y esperarte. Finalmente, cedí y me aventuré por el túnel. Cuando llegué a este muro, ella estaba sentada junto a la mesa. Golpeé suavemente el cristal y se volteó a verme. Sin sonido que yo pudiese oír a través de este condenado muro, estiró los brazos y cayó rendida. Un shock, imagínate.

-Le grite y le grite pero no se movió. Entonces escuché los pasos detrás de mí y henos aquí. ¿Qué crees que deberíamos hacer?

-No lo sé-, respondí-.Quizás se recupere y nos deje entrar.¿Intentó encontrar alguna puerta?
Negó con la cabeza-. No, estaba demasiado emocionado. Busquemos.

La encontramos fácilmente, pero fue en vano buscar la cerradura. El bloque transparente estaba asegurado por dos bisagras inmensas y del otro lado tenía un pesado pasador del mismo material símil cristal, pero no había señales de una manija de nuestro lado. Evidentemente la puerta no estaba hecha para ser abierta de nuestro lado de la cámara.

-Retrocede-ordené tomando mi rifle-, voy a volar el pestillo.


Yo no haría eso si fuera tú, Dana advirtió el doctor.Veras, la puerta está cerrada herméticamente. El aire aquí es bastante puro, pero debe haberse filtrado aquí desde nuestra propia atmósfera terrestre.El aire ahí dentro, Dana, quizás no sea aire en absoluto. Suponte que nuestra visitante no respira oxigeno. Podrías matarla.

En ese momento, la figura en el suelo se movió ligeramente y se puso de lado. Pude ver su rostro.

Era morena, alta para ser mujer y delgada producto de la privación y la hambruna. Su rostro lucía demacrado y exhausto pero de una belleza fuera de este mundo con la que los hombres solo pueden soñar. Sus pestañas era pesadas, negras y tan largas que su cabello corto parecía apenas mas largo. Sus manos y pies eran pequeños pero perfectamente estilizados, mientras que sus dedos, flexibles, incluso en posición de descanso, irradiaban habilidad artística y elegancia. Sus labios estaban ligeramente separados y mientras la observábamos sin aliento, se comprimían de dolor y sufrimiento. No podía seguir esperando.

-Doctor- repetí-,tengo que intentarlo. Mientras nos quedamos aquí, impotentes, ella está sufriendo, posiblemente muriendo. Retroceda.

Sin esperar respuesta, adelante el rifle, apunté con cuidado al pestillo transparente y disparé. El estallido en ese pequeño espacio cerrado fue ensordecedor. Sin esperar a ver lo que había sucedido, volví a disparar y una vez mas. Entonces, con la culata del rifle golpeé salvajemente el cristal. Cedió. Lentamente al principio, y luego mas rápido, la puerta se movió en su eje y una atmósfera perfumada nos abrazó. Respiré agradecido. El compartimiento contenía aire.

Titubeando apenas por un segundo para ver si había alguien mas en ese cuarto, me incline junto a la chica y la gire suavemente para dejarla de espalda.En ese momento, sus pestañas se levantaron y la miré por primera vez a los ojos.Eran grises, profundos, insondables como el cielo de otoño y orgullosos. Al observarla, pude ver en las profundidades de sus ojos una alegría y sorpresa que iba en aumento. Dio un suave suspiro y volvió a caer en la inconsciencia. Sentí su pulso. Era débil pero regular.

El Dr.Frelinghusen se inclinó y la examinó con sus hábiles manos.

- Estará bien en unos minutos- concluyó finalmente-. Solo necesita un poco de sol y aire fresco.

-Eso puede arreglarse- dije yo-siempre y cuando podamos salir de este lugar.

-Dame un minuto, por favor-dijo el doctor-. Debemos dar un vistazo. Quizás haya mas personas en este cubo.No creo que haya venido aquí sola.

Levanté a la chica y la coloque sobre uno de los dos sofas que había en la cámara. La sentí frágil y ligera en mis brazos, delicado como una espada rapier que era ligera pero increíblemente resistente.

-Dana-dijo el doctor-, ven un momento, por favor.

Vi que estaba inclinado sobre el otro sofá y corrí a su lado. Cubierto por una sabana, yacía el cuerpo de un viejo, extendido frente a nuestros ojos, con las manos dobladas sobre su pecho. Me basto un vistazo para saber que estaba muerto.

El Dr. Frelinghusen se inclinó sobre el cuerpo y se incorporó-. Ha estado muerto durante años, Dana-,dijo-. Mira, el cuerpo ha sido cuidadosamente embalsamado.

Retiró la sabana para mostrarme y ambos nos sobresaltamos sorprendidos. Tenía una herida profunda en el pecho, evidentemente realizada con un arma filosa y punzante, probablemente un cuchillo.Observé los apacibles y nobles rasgos del rostro muerto y me volteé a ver la chica inconsciente. Había un evidente y fácilmente reconocible parecido. Ambos tenían el mismo rostro largo y ovalado, la mismas fosas nasales, delicadas y sensibles y la misma frente grande.Era fácil adivinar que eran padre e hija.

-Ven- dijo el doctor-, no hay nada que podamos hacer aquí.

Examinamos brevemente el compartimiento. Tal como había establecido antes, tenía forma de cuadrado y media aproximadamente treinta metros en cada dirección y era tan alto que no se veía el cielorraso. En un extremo había una serie de perillas y controles, junto a un enorme mecanismo que cubría casi la totalidad de los treinta metros de ese muro. El aparato no lucia a nada que hubiera visto, excepto quizás a los controles de un submarino, aunque la forma y el diseño de los diales, palancas y controles eran inusuales. Debían ser los mecanismos utilizados para suavizar la caída del cubo y quizás para abrir la puerta.

Junto al panel de control había un escritorio y en él un libro abierto. El doctor le dio un vistazo rápido y se lo calzó bajo el brazo. Filas de libros similares llenaban varios estantes en las inmediaciones.

Un pequeño cuarto adjunto al principal había servido evidentemente para almacenar provisiones. El suelo estaba cubierto con envases de carton metalizado vacíos mientras otros sin abrir estaban apilados en las paredes. Tomé uno de ellos y lo abrí, estaba lleno de pequeños cubos parecidos a un caldo de sopa condensada.

Un gemido en el cuarto principal nos llamó la atención. La chica había salido del desmayo y había caído ahora en un sueño profundo y agitado. Su ceño gesticulaba ferozmente y ella se retorcía como si quisiera sacudirse un pesado y deprimente peso de encima. Observándola pude ver la aterradora marca de los días y años que ella había pasado prisionera en esa tumba viviente junto al cadaver de su padre. Me maravillé al pensar lo imposible que hubiera sido para cualquier ser humano sobrevivir y salir cuerdo de semejante martirio.

-Ven- dijo el doctor-. Hemos esperado demasiado tiempo.

Tomé a la chica en mis brazos y nos preparamos a dejar el cubo.

-¿Qué hay de él?-pregunté, señalando al cuerpo del viejo con la cabeza.

-Debemos dejarlo- dijo el doctor-.El cubo será su lugar de descanso final. No puedo pensar en un lugar mas apto.

Sin mediar mas palabras, abandonamos la cámara. Mientras atravesábamos la puerta y encarábamos el corredor le di un ultimo vistazo al compartimiento, en toda su inmensidad y tristeza.Una leve corriente de aire venida de quien sabe donde desacomodó el manto blanco que cubría el cuerpo del viejo, una atmósfera de quietud y majestuosa tristeza envolvía ese lugar. Las luces ocultas que iluminaban el cuarto se desvanecían lentamente.

El doctor cerró la puerta de cristal detrás nuestro y lo dejamos atrás.

-Tengo una teoría sobre esa brisa- señaló el doctor, mientras pasábamos por la sección de la no substancia y la sentíamos a nuestro alrededor, la marea, el flujo de una fuerza invisible.

-Se me acaba de ocurrir en este instante. Creo que es parte de la fuerza utilizada para amortiguar la caída del cubo. Una variedad de fuerza electromagnética repelente de la cual sabemos muy poco aquí en la Tierra. En teoría, este cubo, al ser de hierro está altamente magnetizado y cuando entró a la atmósfera terrestre desde las profundidades del espacio utilizó ese magnetismo como fuerza de repulsión para aligerar la caída.

 

-Al pasar el tiempo, mucha de esa fuerza claramente se ha disipado, pero un poco permanece aferrado al metal con fuerza, suficiente para sentirlo.También creo-, agregó-que el compartimiento se encontraba originalmente mucho mas alto en el cubo. Utilizando algún método para amortiguar el shock interno, ya que sin importar lo suave que fuera el aterrizaje, el impacto en los tripulantes hubiera sido terrible. El interior del cubo hueco debió actuar alguna vez como un gigantesco colchón de aire.

-Quizás algún día tenga la oportunidad de probar sus teorías-, le sugerí.

-Quizás-, respondió-, aunque dudo que tengamos la posibilidad. ¿Has olvidado algo?

Mientras me hacía esa pregunta atravesamos la linea de la oscuridad y la corriente invisible desaparecía. En la entrada, donde debía recibirnos una potente luz del día, había en su lugar un suave y tenue atardecer. Moví el cuerpo de la chica suavemente en mis brazos y seguí adelante. En la boca del túnel, nos detuvimos sorprendidos. Evidentemente habíamos pasado muchas horas en las profundidades del cubo. Cuando entramos era apenas pasado el mediodía, pero ahora era casi de noche. Delante nuestro, a menos de doscientos metros brillaba la olvidada lampara de gas de la cabaña.

El doctor reformuló su pregunta.

-¿Has olvidado, Dana, por qué hoy, o mejor dicho esta noche, es tan importante?

Lo miré con cara de estúpido.

-¿A qué se refiere?

-Hoy-dijo él- es 25 de julio de 1925. Hace cuatro años exactos, el cubo donde encontramos a esta chica- dijo mientras gesticulaba en dirección a la joven en mis brazos- alcanzó los limites atmosféricos de la Tierra. Y está noche-,pausó para enfatizar lo que iba a decir-, esta noche otro cubo va a aterrizar y es muy probable que no sobrevivamos al impacto.

-Quieres decir- empecé a preguntar mientras baje la vista hacia la joven-, ¿que la hemos salvado solo para que muera en el impacto?

El doctor corrió delante de mí hacia la oscuridad de la noche-. Eso parece- respondió fríamente.

Y para adornar aun mas mi pregunta, la chica se sacudió en mis brazos. Bajé la mirada hacia ella y el pensamiento de nuestra destrucción inminente parecía increíble, imposible. La vida era repentinamente hermosa y llena de posibilidades. Ahora, por primera es mi vida, tenía algo por que luchar y algo que atesorar. No podía creer que el destino me hubiera permitido encontrarla solo para volver a perderla. Sería tan injusto.

El doctor miró su reloj-. Son las 7 en punto- declaró-. Según mis cálculos, tenemos tres horas y media antes del impacto. Tenía planeado que nos retiráramos al extremo de la meseta antes de eso, y aun ahí habríamos corrido gran peligro. Sin embargo, no podemos arriesgarnos a moverla a una distancia así. En su condición, la mataría sin lugar a dudas.

-Deberías ir tu solo- sugerí. Habíamos llegado a la cabaña por lo que crucé rápidamente el umbral y coloqué a la joven en el catre antes de responder.

-Sabes que jamas podría hacer eso, Dana- dijo él.

Lo sabía, en efecto. El anciano doctor me tenía en demasiada estima y le quedaba mucho valor en su cuerpo como para abandonar a un amigo. Sería el fin de los dos, juntos hasta el final. No, no los dos, los tres. Bajé la mirada hacia la cama y encontré los ojos grises de la joven bien abiertos y mirándome sorprendida.

Fue entonces, cuando ella habló y escuché por primera vez su melódico y embriagadora voz, sonido que habría de atormentarme por el resto de mis días. Las silabas que pronunció, las he olvidado ya, pero en ese momento, el hecho de que hablara era suficiente. Sí recuerdo que sostuve sus manos y le murmuré suave al odio, mientras el doctor se ocupaba de prepara una taza de té o un poco de sopa. Ella aceptó agradecida lo que le ofrecimos y nos concedió suaves palabras de agradecimiento, que aunque nos resultaron inentendibles, parecían perfectas para la situación.

Cuando terminó de hablar, se pasó la mano frente a sus ojos para demostrar que estaba cansada. La tapamos con una manta y la dejamos descansar mientras preparábamos la cena.

Mientras comíamos, discutimos en voz baja los sucesos que iban a acontecer esa noche y qué podíamos hacer al respecto, si es que había algo qué hacer, para garantizar nuestra seguridad. Finalmente, decidimos que no había nada que hacer, y que nuestras vidas dependían de la distancia que había que poner entre nosotros y el impacto.

-Si tenemos suerte- enfatizó el doctor-.Y el cubo aterriza, y creo que lo hará, la temperatura probablemente nos mate si por casualidad sobrevivimos al impacto.

-¿Y no hay nada que podamos hacer al respecto?

-Nada, salvo esperar, y orar si crees en las oraciones.

La voz suave volvió a sonar nuevamente en nuestros oídos y al volvernos, vimos a la chica sentada en el catre. Su peculiar inteligencia le indicó que era inútil insistir en el uso de su lenguaje en la presente situación por lo que optó por símbolos y señas de una era olvidada. Señalando al cielo, en silencio nos hizo una pregunta.

-¿Qué es lo que quiere decirnos?-preguntó el doctor.

Al ver que no comprendíamos, se levantó y camino lentamente hasta la solitaria ventana de la cabaña. Corrimos a asistirla por las dudas que sus fuerzas la dejaran caer. La luna iluminaba desde detrás de una tenue nube de vapor pero la luz era suficiente para distinguir objetos en la meseta. Con ansias, la chica contó los gigantescos cubos de metal en el pequeño valle y nosotros entendimos la expresión en su rostro al ver que los bloques eran solo siete.

Se volvió hacia nosotros y volvió a repetir los gestos que había hecho antes.

-Dana-murmuró el Dr. Frelinghusen-, creo que pregunta cuando llegará el próximo visitante.

Apuntó entonces al cielo y dibujó una linea recta hasta señalar el espacio vacío en el circulo de gigantes metálicos. Entonces, imitó lo mejor que pudo los gestos y expresiones de la joven al preguntar. Para nuestra sorpresa y alivio, ella pareció entender lo que le decíamos y asintió.

El doctor sacó su reloj. Eran las 10 en punto. Rápidamente, señaló la distancia entre la hora y las 10:45. Repitió el gesto y señalo al cielo.

La chica observó por un instante como se movían las manecillas del reloj y rápidamente entendió lo que significaba. Su rostro cambió radicalmente del interés a la emoción, al mas puro terror. Intentamos contenerla pero nos hizo a un lado y salió corriendo por la puerta de la cabaña. La seguimos, ella observaba ansiosa el cielo, temerosa de lo que pudiera divisar. Se volvió hacia nosotros y parecía haberse repuesto.Sus labios suaves, apretados, formaban una linea recta mientras que sus ojos grises brillaban en la oscuridad.

El miedo se desvaneció y dio lugar al enojo, un ira temible que nos aterro, temimos que fuera una furia vindicadora. Por un instante, ignorando nuestra presencia,la joven se volvió hacia el cielo y profirió, desde esos tiernos labios, una serie de improperios, llenos de ira, excitación y valor. El tono de su voz era amenazante y rudimentario al igual que antes había sido melódico.

-Dana- susurró el doctor-.Creo que está jurando venganza a quienes vienen en camino.¿Alguna vez experimentaste un odio así?

-Es posible-advertí- que aquellos que vienen en camino sean responsables de la muerte de su padre y que la hayan obligado a aventurarse en el espacio sola.

Aun cuando dije esas palabras en un tono muy bajo, gracias a algún instinto desconocido, ella me escuchó y comprendió mis palabras, se volvió hacia mi y asintió con tristeza.Su ira había desaparecido, ahora era solo una mujer triste y desesperada. Era evidente que ya había hecho la catarsis que necesitaba y ahora estaba lista para un poco de empatía y compañía humana. Abrimos nuestros brazos para contenerla. Ella comprendió y estiró sus brazos para devolvernos el gesto. El doctor la tomó en sus brazos y ella sollozó apoyando su cabeza en su hombro,de pronto se había convertido en una extraña, triste pero accesible personita que nos necesitaba.

El doctor la consoló y apaciguó mientras yo regresaba a la cabaña a buscar la manta para abrigarla. Cuando regresé, nos sentamos en la oscuridad, a la sombra del cubo mas cercano, tres aventureros, esperando lo que fuera que el destino nos trajera. La chica se acurruco junto a mí con aparente felicidad, le ofrecí mi abrigo como almohada y ella me agradeció con su apacible y suave voz.

Ninguno de los tres quería quedarse encerrado esperando lo que iba a venir.Cuando pienso ahora en esa descabellada serie de eventos esa noche a la luz de la luna en los Andes,suena a que nos anticipamos a nuestra aventura con valor, entusiasmo y una actitud temeraria. En todo caso, nos resignamos a mantener la calma y presenciar algo que no había sido presenciado por ningún ser humano en la historia, y lo hicimos con un nivel de indiferencia similar al que si hubiéramos ido a la opera.

No había que esperar demasiado. Durante los últimos minutos, la niebla que nos cubría se elevó, hasta que la luna, mensajera de la felicidad y esperanza, dejo de luchar y quedo completamente cubierta detrás de un manto nebuloso.

Miré mi reloj. Eran las 10:40.
-No creo que veamos mucho hasta que el cubo esté bastante cerca-dijo el doctor-.Quizás no lo veamos en absoluto. Si no llega, bueno, suerte para nosotros, Dana.

Estiró su mano en alto y yo se la estreche, inconsciente de que nuestro comportamiento era digno de una opera bufé. La chica, se contagio del espíritu de la ocasión y también estiró su mano y la estrechó con la nuestra. El doctor la estrechó calidamente pero yo me contuve, consciente, incluso en ese momento jocoso de una corriente que vibraba misteriosamente entre nosotros, una corriente magnética, muestra sutil de alegría y una promesa de lo que estaba a punto de llegar.

-Dana-gritó el doctor-, ahí viene.¡Mira!

El cielo se iluminó súbitamente, cambiando lentamente su habitual oscuridad y adoptando un vibrante tono verdoso. El color no tenía comparación, excepto quizás al color del cobre fundido en una ardiente llama blanca. Reflejada en las nubes, los rayos finalmente llegaron a nosotros, tocaron tierra y nuestros rostros dándole a la locación un tinte verdoso fuera de este mundo. Seguimos observando y el verde fue cediendo, mire mi reloj.

Eran las 10:44.

-Algo anda mal- murmuró el doctor-.Si el cubo hubiera entrado a la atmósfera ya debería estar aquí, a menos que hayan desacelerado incluso mas de lo que...

Mientras hablaba, la luz regresó, pero esta vez era rojiza. Se intensificó rápidamente, iluminó el cielo entero, cambió a rosado, blanco, un blanco increíblemente cegador, se hizo cada vez mas potente, incandescente...ardiente.

-¡Está aquí, Dana! ¡Está aquí!-gritó el doctor-Dame tu mano, quédense juntos, no se separen.

Rápidamente, tomé a la mujer de la mano y me aferré a la del doctor.

En ese mismo instante, aterrizó. 

Un tormento como ningún otro cayó sobre nuestro mundo y era sobrecogedor. Recuerdo haber visto una vaga figura, el recuerdo es difuso,como si fuera una visión, era como el ardor de mil hornos flotando sobre nuestras cabezas. Entonces, la luz se intensificó y me encegueció. El impacto tardo lo que parecieron años. Recuerdo sentir que una corriente de aire nos levantó y nos hizo girar con una fuerza aterradora, como un remolino de aire envuelve a un mosquito y lo arroja al fuego. Después, llegó el estallido, un estruendo como si mil ferrocarriles se estrellaran entre sí de frente, un choque ensordecedor y estridente que se tragó nuestras vidas, las diseccionó y terminó con nosotros.


continuará...


La Ciudad de los Cubos de Hierro (primera parte)

Por H. F. Arnold
Publicada originalmente en Weird Tales en la edición de marzo de 1929
Traducida por Ema U.


Durante todo el viaje desde Lima, cabalgó delante de mí por el desierto y a través de la montaña guardando el mismo semblante silencioso. No es que fuera sordo, porque lo he escuchado durante algunas noches y por las mañanas canturreando tristes melodías a su caballo. Su falta de conversación me resultaba muy molesto.

Para colmo, el país que atravesábamos ya era de por sí bastante incomodo. Durante diez días atravesamos el desierto peruano , un trecho interminable de arena, manchado eventualmente con pequeños cúmulos de arbustos crepitantes. Pasamos las noches rodeados por un pequeño circulo de pequeños arboles que siempre parecía ser el mismo, con un charco lodoso de donde aparentemente obtenían su sustento vital.

Llegamos finalmente a las montañas y durante otros diez días nos inmolamos entrando y saliendo de ellas. Atravesamos estrechos pasajes y engañosas cumbres. Viajamos siempre hacia el este, hacia el mismísimo corazón de los Andes.

Era una necedad extraordinaria la que me había llevado hasta ahí. El Dr. Frelinghusen era un viejo amigo tanto mío como de mi padre, pero nunca hubiera acudido en su ayuda si no creyera que estaba en un grave peligro. La llevaba conmigo, en mi bolsillo. Eran apenas cuatro palabras. BUSCAME, DANA. TE NECESITO.

Era lo único que decía, cuatro palabras en un hoja amarilla de telegrama, pero fue suficiente para hacerme viajar al otro lado del mundo y acudir en su ayuda. Frelinghusen siempre había encontrado la forma de convencerlo, incluso a sus colegas de la Royal Society de ponerse a su servicio, su reputación de eminencia contemporánea en el campo de la sismología era argumento suficiente para atraer atención y por lo general, para procurar obediencia a sus anhelos.

Fue así que yo, Dana Harrod, de treinta y siete años, ex capitán del cuerpo de ingenieros de Su Majestad, había abandonado la labor de mi vida para viajar hasta el fin del mundo y satisfacer los caprichos de un anciano. Cuando llegué a Lima, encontré a un vaquero que con una pantomima me entregó una tarjeta escrita por Frelinghusen en las que decía: compra provisiones para tres semanas y sigue al guía.

Era el crepúsculo del vigésimo día y ya debíamos estar cerca de nuestro destino. El vaquero cabalgaba delante, como de costumbre, pero esta vez había abandonado por primera vez su inquietud tradicional. En vez de cabalgar con la cabeza hundida entre sus hombros, estaba oteando el paisaje a nuestro alrededor. De izquierda a derecha, sus agudos ojos negros observaban ansiosamente el paisaje. Su expresión, mundialmente reconocida tenía solo un significado; era una mirada de ansiedad y temor. Durante la ultima hora, avanzamos rápidamente y la tupida vegetación tropical iba escaseando cada vez mas hasta que alcanzamos el kilómetro y medio de elevación. Nos movíamos entonces por la ladera de una inmensa montaña muy empinada. La cumbre era de una formación peculiar,  distinta  a los picos a su alrededor, su cima parecía, vista a la distancia, como si un gigante la hubiera cortado prolijamente con un cuchillo. Constituía así, una meseta que cuando la vi a la distancia el día anterior, calculé que se extendía por unos tres kilómetros.

A una media hora de la puesta del sol, éste colgaba como una esfera viva de fuego liquido. A su alrededor, por primera vez que yo recuerde, vimos dejos de niebla que se hacían cada vez mas espesas.

El vaquero detuvo su caballo tirando de los estribos y observó delante de sí. Noté que ya casi habíamos llegado a la cima. De pronto, este se dio vuelta y cabalgó a toda marcha junto a mí. Nubes de polvo se elevaron desde los cascos de su yegua y formaban fantásticas figuras en el aire.

En un instante se había ido. Alarmado, me volví sobre mí montura para verlo partir. Con el reverso de su mano me indicó que continuara avanzando por el sendero. Viendo que había comprendido su señal, levantó sus brazos por sobre su cabeza y dejo escapar un aullido estridente. Dio un giro y se perdió de vista. Por un momento, escuché los cascos de su caballo mientras la bestia bajaba a toda velocidad montaña abajo, luego todo volvió a estar en silencio.

Había pocas oportunidades de alcanzarlo, así que me di vuelta y continué. La noche avanzaba lentamente y ya me veía pasándola solo, sin fuego ni agua.

Farfullando sobre el extraño comportamiento de mi guía, seguí cabalgando por lo que deben haber sido diez minutos en silencio mientras el sol seguí perdiéndose poco a poco en el horizonte. Entonces, alcance la cima. Tuve una visión tan poco usual que no pude mas que dejar escapar una expresión de sorpresa.

Medio oculto detrás de hilos de nube que flotaban sobre la meseta y directamente frente a mí, había una inmensa roca negra, con tintes rojizos, parcialmente enterrada en la arena. Se asomaba del suelo y se elevaba a unos noventa metros de altura. La roca tenía manchas como si estuviera corroída por el oxido, aquí y allá, incluso a la distancia a la que me encontraba y contando con mi experimentado ojo para asistirme, entendí rápidamente que no podía estar compuesto por otro material que no fuera el hierro.

Sin embargo, lo mas peculiar de la roca, o lo primero que mas me había impresionado no había sido su composición sino su forma. Sus dimensiones si uno contaba lo que se hallaba enterrado bajo la arena, la figura era la de un cubo perfecto.

Me acerqué un poco y comprobé que mi primera impresión era correcta. Excepto por los extremos ya que algunos estaban ligeramente achatados, la inmensa columna estaba perfectamente formada, igual que los bloques de las pirámides. Arrié mi agotado caballo hasta uno de los lados mas cercano y tanteé suavemente su superficie con la culata de mi revolver.

No estaba equivocado. Era un bloque de hierro, pero de una aleación que nunca había visto antes.

Fue entonces que lo vi, con los últimos rayos de sol pude ver a través de la neblina, otro cubo, y otro. Tres, cuatro, cinco ¡Dios! era todo una ciudad de ellos. El sol cayó finalmente y la visión se apagó. Desde algún lugar en la oscuridad llegó una voz que llamaba.
¡Hola, hola!

Reconocí la voz. Era mi viejo maestro y amigo. Espolié mi caballo de un grito y me llevó a través de la niebla. Un minuto mas tarde estábamos estrechando manos.

¡Mi muchacho, mi muchacho, realmente has venido!

Sobrecogido de la emoción, me sacudió el brazo con mucho entusiasmo y me miró a los ojos, demasiado orgulloso para ocultar las lagrimas que le corrían por el rostro.

Al cabo de unos minutos, nos calmamos lo suficiente para volver a notar nuestro entorno.

¡Doctor! ¿Cómo lo hizo? ¿Y por qué?señalé los inmensos pilares de hierro ocultos ahora por un manto de oscuridad. Él respondió con una risa.

No he sido yo, muchacho, pero daría la vida por saber quién fue y por qué lo han hecho. Pero ven, que las respuestas esperan. Nos han estado esperando por una buena cantidad de años. Me llevó entonces a través de la noche.

Al cabo de unos cuantos metros, llegamos a su cabaña, oculta bajo la sombra de uno de los inmensos cubos. Mi agotado caballo estaba demasiado cansado para irse lejos así que lo deje suelto para que hallará agua y comida. Entré entonces al interior de la cabaña y un fuerte hedor anunciaba que el Dr. Frelinghusen se me había adelantado.

Dejando de lado mis primeras preguntas, me obligó a sentarme a la mesa donde había un plato de comida esperándome. Mas que bienvenido ya que el aire de la montaña a esa altura me había abierto el apetito. Media hora después, una vez que cumplí con la comida.Alejé mi silla de la mesa y me rehusé a seguir postergando mis preguntas.

El Dr. Frelinghuser apiló unos leños en la fogata y yo encendí su pipa antes que me lo pidiera. A la luz de la fogata pude ver como los tres años que había durado su aventura le habían pesado bastante, estaba mucho mas delgado y demacrado de lo que lo había visto jamas. Sus hombros rectos ahora estaban severamente encorvados, y aunque nunca fue alto, ahora parecía haberse encogido varias veces su tamaño. Solo sus ojos permanecían imperturbables, eran tan negros y centelleantes como siempre. La intensidad de su excitación suprimida era aturdidora.

Dana.- dijo él.Tengo algo que mostrarte. Apartó su silla y se dirigió a un placard ubicado en la esquina y regresó con un fragmento de metal en la mano.

Aquí estádijo¿Qué crees que es?Di vuelta el fragmento en mi mano y lo examiné cuidadosamente antes de responder. Era obvio que éste había sido extraído de uno de los monstruos que nos rodeaban. Se lo dije.

Estás en lo correcto, reconoció¿qué otra cosa has notado?

Volví a examinar el fragmentoClarodije yo, el metal es prácticamente puro y es evidente que ha sido fundido. Yo diría que en algún momento de su existencia fue sometido a una temperatura intensa.

El doctor sonrió satisfecho . Nuevamente estás en lo correcto. Me alegra ver que nos has perdido tu agudeza. Mas allá del hecho que la pieza esta obviamente fabricada con un mineral de hierro refinado, tu análisis cubre el campo por completo.

Eso es mas que evidente, respondí ¿por qué? ¿qué significa todo esto? ¿qué es este circulo de monstruos de hierro en esta meseta?¿Y quién o qué los ha colocado ahí?

Ojala supiera, dijo él.Tengo mis sospechas pero apenas alcanzan para arriesgar una teoría. Sin embargo, te diré lo que pienso.

Se acomodó en su silla y aspiró una buena bocanada de su pipa.Que bueno es tener a alguien con quien hablar, dijo él. Mi muchacho, eres el primer hombre blanco que veo en casi tres años.

Gesticulé impaciente.

Ah si, la teoríadijo él. Como bien sabes, mi especialidad durante muchos años ha sido el estudio de los terremotos y sus causas. Me jacto de saber tanto sobre eso como cualquier persona viva, lo cual debo admitir, no es mucho decir, dijo con un semblante de tristeza.

Hace veinte años me empecé a interesar en esta parte de Perú, donde los terremotos son tan comunes que los habitantes nativos ni siquiera los mencionan. Un aspecto particular sobre los terremotos peruanos me generó una fascinación particular. Cada cierto periodo de tiempo, cuatro años para ser exacto, se siente un tipo de temblor que no puede medirse con ninguno de los métodos conocidos o de los que yo haya escuchado hablar.

Estos temblores no vienen acompañados por deslizamientos, es decir, no hay replicas de ningún tipo. Solo un distintivo temblor cada cuatro años. Estos temblores, como pude averiguar después de dieciséis años de investigación se pueden predecir al minuto exacto. Es muy peculiar.

Otro rasgo distintivo es que el temblor viene acompañado de una perturbación en el cielo. Esto no es tan inusual ya que el cielo se ilumino por completo una vez durante el gran terremoto que sacudió Perú el 13 de agosto de 1868. Los convencionalistas escribieron que esta feroz manifestación se debió a un reflejo en el cielo de un volcán en erupción, pero cuando M. Gay investigó el asunto, descubrió que no hubo actividad volcánica en Peru en ese preciso momento.

Han habido varias instancias similares, temblores acompañados por perturbaciones en el cielo. Una de ellas ocurrió en Madrid, el 10 de febrero de 1836, ocasionó el derrumbe de la pared de un edificio de la embajada estadounidense. Cayeron rocas del cielo y durante cinco horas y media, una nube de meteoros cayo sobre la ciudad.

Como ves, las perturbaciones aéreas y los terremotos a menudo se suceden juntos. Ahora suponte que la perturbación y el terremoto ocurren a intervalos fijos.Y que esta combinación de fenómenos sucede siempre en el mismo punto de la superficie de la tierra. Esta repetición destruiría la creencia y las fundamentos de la ciencia porque solo podría ser una de las dos distintas posibles conclusiones, o la tierra ha dejado de rotar o hay alguna fuerza especial la que esta dirigiendo los meteoros para que aterricen en un lugar en particular en un momento determinado.

Incluso registre otros hechos similares previos a los que inicialmente había contemplado.

El 12 de junio de 1858, en Birmingham, Inglaterra,dos días después del hecho, el 14 de junio, el Daily Post reportó que cientos de miles de pequeños aerolitos cayeron del cielo sobre las calles de Birmingham. En junio, 1860, una cantidad tremenda de piedras muy similares cayeron del cielo en Wolverhampton, un pueblo a veinte kilómetros de Birmingham. En el campo, el 8 de septiembre de 1860, un corresponsal escribió que el 13 de agosto, después de una tormenta eléctrica, las calles de Birmingham aparecieron cubiertas de pequeñas piedras de las cuales se presume habrían caído del cielo.

Estos son apenas un puñado de ejemplos registrados sobre esta serie de fenómenos, dijo el doctor¿Qué crees que eso significa?

Lo miré desconcertado, no puedo pensar en otra conclusión que la tú mismo has sacado, le dije.

Eso fue lo mismo que razoné yo, respondió el Dr. Frelinghusen, y es por eso que quiero, mas que nada en esta vida, investigar estos temblores y perturbaciones en Perú. Y puedo sacar dos conclusiones: o bien la tierra está estática y todos los científicos son unos necios o bien...se detuvo a cargar su pipa... o bien las perturbaciones son ocasionadas por una fuerza desconocida que opera con cierta periodicidad.

Esa fue mi creencia cuando vine aquí hace tres años y medios y no encontré razones para cambiar de opinión. Cuando mi barco entró a la bahía, los oficiales del puerto me dijeron que mi pronostico fue adecuado y que hubo un temblor inexplicable la noche del 25 de julio de 1921.Revitalizó mi confianza.

Durante seis meses busqué fragmentos de meteoritos en regiones inexploradas del Perú. Fue entonces que encontré esta meseta y es donde he estado todo este tiempo, excepto por un breve periodo de tiempo.

Estos cubos ya estaban todos aquí cuando llegué.

Estaba pensando a entender. Doctordije casi sin aliento¿esto significa que...?

Asintió. Significa que los siete cubos de hierro que encontré en esta meseta son meteoros, los cuales han estado cayendo, periódicamente, en intervalos de cuatro años, aquí en Perú, en este lugar exacto.

Estas noticias, que inconscientemente había estado esperando, sin embargo me horrorizaron. Me espabilé después de un momento.

¿Y qué ha concluido, doctor? Ha dedicado mas de tres años a estudiarlos. ¿Son producto de la naturaleza?¿La tierra es un cuerpo estático? ¿o son …?la única opción restante era irrisoria, no pude terminar la pregunta.

Él si pudo¿son objetos direccionados por una fuerza desconocida y posiblemente maligna?Se levantó de la silla y caminó en círculos. Mi muchacho, dijo finalmente, no comprendo cómo cualquier otra opción puede ser posible. Creo que durante los últimos veintiocho años y es posible que haya sido durante mas tiempo, alguna fuerza o fuerzas consciente ha propulsado una serie de cuerpos, proyectiles si prefieres, contra la tierra y que siete de ellos han aterrizado a salvo en esta meseta.

Es obvio. Cada vez que uno de los cubos aterriza, el temblor en la tierra se siente perceptiblemente mas ligero. El cubo aterriza cada vez mas suave. El ultimo temblor apenas se sintió en Lima.

¿Y eso qué significa?

Significa que llegará el día, tarde o temprano, en que los cubos aterricen en forma tal que su ocupante u ocupantes sobrevivan al impacto.

¿Hombres?

El doctor dejo de caminar y miró directamente a los ojos.

No necesariamente, respondió, no lo sé.

Mi nerviosismo no me dejo seguir sentado, me levanté de un salto y caminé rápidamente hasta la ventana. El aire de la habitación se sentía viciado.

¿Dr. Frelinghusen, preguntécuando caerá el siguiente cubo?

El viejo caminó hacia mí y puso su mano sobre mi rodilla.

Dana, dijo, llegaste justo a tiempo. El temblor del impacto, según mis cálculos, será mañana a las 10:45 de la noche.  

En ese instante, con la prontitud con la que sucede en zonas tropicales, la luna apareció en el horizonte, y con asombro divisé como se dibujaban sobre la meseta, las figuras ominosas y resplandecientes de los siete gigantescos cubos que reflejaban ligeramente los rayos de luz de luna. Junto a ellos, para completar el inmenso circulo, había un espacio vacío donde pronto, qué tan pronto era la pregunta, aterrizaría otro visitante.      

Me volví hacia el doctor¿Está seguro de que sus cálculos son correctos?pregunté.

Mi pregunta, que hubieran enfadado a hombres mas ignorantes, solo lo divirtió. Con la pipa entre los labios, jugueteando con sus pulgares me miró directo a los ojos.

¿Dana- preguntócuando me has visto hacer algo cuatro veces sin percatarme de un error?

Aun así, insistí, siempre está la posibilidad de que...

Si, lo séinterrumpióy ninguna posibilidad será descartada. Ven,vamos a revisar los cálculos juntos.

Y así, inclinados sobre la rustica mesa de madera, lápiz en mano nos volcamos a revisar columnas y columnas con números. Los cálculos eran tediosamente intrincados y confusos. Nos llevó varias horas y toda mi capacidad para poder revisarlos y entenderlos. Para cuando amaneció y el sol iluminó nuestra morada, yo me había convencido.Salvando algún inconcebible error, un visitante estaba a menos de veinticuatro horas de entrar a la atmósfera de nuestro planeta.Era verdad, todo era verdad.

Espabilado y un poco cansado por la noche de trabajo, atravesé primero la angosta puerta tallada a mano y salí al exterior a disfrutar del sol. Acostumbrados al suave resplandor de la lampara de queroseno, mis ojos reaccionaron al sol y todo parecía distendido y surreal. Pero luego me di cuenta que la escena era en realidad muy hermosa. La meseta, que se inclinaba ligeramente desde los bordes para formar un cuenco, era un paraíso en miniatura. Un pequeño arroyo corría desde un pequeño manantial detrás de la casa y serpenteaba a través de una verde y frondosa pradera, indolente o ignorante sobre el hecho de que a solo un par de kilómetros caerían mas de mil quinientos metros dibujando arco iris y esparciéndose otros tantos metros mas. Mi caballo, que pastaba junto al arroyo, levantó su cabeza en señal de bienvenida cuando nos acercamos.

Bajo la refrescante luz de la mañana, los siete oscurecidos visitantes de un puerto desconocido se veían mas grandes, mas grotescos que antes. Impúdicos,brutales e inanimados bloques de metal, profanando nuestro pequeño paraíso, simulando de alguna manera, a sombríos y demacrados guerreros observando lujuriosamente un entorno rural rico en recursos, mujeres y chozas completamente indefensas.

Los nativos le dicen a la meseta El Tahunjero, señaló mi amigo.Una palabra nativa que significa algo similar a un fantasma, mas bien, fantasmas con infinito poder y malicia eterna. No hay forma de persuadir a un nativo de llegar a la cima de esta montaña. Creen que está embrujada, habrás notado que el vaquero te dejo en el sendero y se fue.

Ven conmigo, agregó abruptamente, comamos algo y te enseñare a nuestros visitantes mas de cerca.

Hicimos lo que él propuso y una hora mas tarde, un poco mas reanimados, nos abocamos de lleno al trabajo de examinación. Como bien señaló el profesor, cada uno de los cubos estaba un poco menos sumergida en la tierra que su predecesor que había llegado cuatros años antes. Como el viento no dejaba que el polvo se acumulara en la meseta, era la única razón posible para que cada nuevo aterrizaje golpeara la tierra en forma cada vez mas ligera que al anterior.

Después de examinar cuidadosamente los seis primeros cubos, avanzamos hacia el séptimo y ultimo, donde un marca particular en su superficie llamó mi atención.

Vea esto Doctor, le llamé¿Qué cree que sea esto?

Corrió a mi lado y concentró sus lentes contra el muro.

Vaya, parece ser una puertadijo finalmente. Es extraño que no lo había notado antes.

Mientras tanto me acerque para examinar el fenómeno. Era en efecto, una puerta fundida en la solida pared de metal y medía unos tres metros de largo e igual de ancho.Caminé directamente hacia el cubo y apoyé mi mano contra el metal e inmediatamente retrocedí de un salto aullando de dolor.

¡El metal estaba casi al rojo vivo!

No sorprende que no lo hayas visto antesle dije, en mi opinión, el contorno de esta puerta no era perceptible antes. Lo están haciendo desde adentro con calor.

Ven y mira estole dije. El metal se está calentando cada vez mas.

Justo delante nuestro, el hierro del cubo era fundido por una fuerza desconocida desde el interior. Cinco minutos después se había puesto rojo opaco. Veinte minutos después el espacio ocupado por la puerta era color cereza. En ese momento nos percatamos del sonido seseante, similar al de un escape de vapor oído a la distancia.

¡Doctor, le grite, ¡aléjese!¡Lo que sea que haya en su cubo está por salir!

Nos retiramos rápidamente a una distancia segura, justo a tiempo, con un rugido monumental, equivalente a veinte cataratas del Niagara, una llamarada inmensa emergió del extremo superior del contorno de la puerta y se elevó cincuenta metros por encima del monstruo. Con el poder de un demonio y tan sencillo como un cuchillo gigante cortando queso, la llama trazaba el contorno del portal, un lado primero hasta arriba, y para abajo. Entonces, mientras observamos estupefactos y sin aliento, la llama cortó lo que quedaba del contorno y la puerta cayó hacia afuera con un ensordecedor y atronador sonido metálico.

A través de la abertura pudimos ver por un momento el ardiente interior del cubo y era tan amenazador como la mismísima boca del infierno. Entonces, tan repentinamente como surgieron, como si hubieran sido aplacadas por los dedos de un gigante, las llamas se apagaron.

Extraordinariodijo el doctor casi sin aliento mientras buscaba sus anteojos, que habían caído al suelo tras la conmoción¿Qué crees que va a pasar ahora?

No lo sé, respondí, pero asumo que lo que sea que esté ahí adentro, si está con vida y es humano, está esperando a que el metal se enfríe para intentar salir.

De todas maneras íbamos a esperar aquí. Venga, siéntese.

Sin esperar su respuesta, lo empuje delante de mí para refugiarnos bajo el abrigo del sexto cubo, donde, cubiertos de sudor por la emoción el cálido día tropical, nos sentamos a esperar los eventos que iban a desarrollarse.

continuará...

The midnight club, temporada dos según Mike Flanagan.

 Con la cancelación de la serie, el creador de la serie Mike Flanagan publicó en Tumbler un pequeño descargo contándole a los fans cómo pret...